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heracles_pontor
19 October 2006 @ 09:33 pm


Lolo miró, resignado y agotado, a Saúl. Sabía que su amigo tenía razón. Esto no les conducía a nada. Jamás encontrarían a Carla. Comenzaba a estar desesperado y un enorme peso se cernía sobre sus hombros, hundiéndole, como si tuviera que soportar una carga para la que no estaba preparado. De repente, cuando ya estaban a punto de darse por vencidos, una idea tomo forma en la cabeza de Saúl. Primero como un pequeño destello, después iluminó completamente su mente.

– Se me ha ocurrido algo – le dijo a su amigo – Es absurdo –, prosiguió, – pero aquí parece que sólo funciona correctamente lo absurdo. Utilicemos la lógica del absurdo entonces. Nosotros nos estamos moviendo constantemente y todo lo que vemos alrededor nuestro se mueve también, cambiando de posición cada cierto tiempo. De hecho, si no hubiéramos presenciado el cambio desde fuera, desde el punto de vista de un observador externo, estoy seguro que no nos hubiéramos percatado de que todo en este sitio cambia y se mueve constantemente. Creo que podrías haber estado dando vueltas hasta el fin de los tiempos sin que en ningún momento fuéramos realmente conscientes de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Igual que no nos hubiéramos dado cuenta de que cruzábamos ese umbral invisible entre las galerías si tú no hubieras tenido la referencia visual de la cuerda que yo dejé allí. Si todo se mueve y nosotros nos movemos, y no conseguimos llegar a nada, mi propuesta, por muy absurda que te parezca, es que nos quedemos quietos en un sitio, que no hagamos nada, que no nos movamos.

Lolo se le quedó mirando absolutamente perplejo. Confiaba ciegamente en su amigo, pero eso que había dicho le parecía lo más absurdo que había escuchado en su vida. Por muy torpe que se sintiera al lado de Saúl, pensó que su amigo había perdido por completo la cabeza. Si no se movían, no llegarían a ningún sitio y jamás encontrarían a Carla. Sabía que no era un lumbreras precisamente, pero hasta ahí sí creía llegar.

– Sinceramente, no te entiendo –, le replicó. – Sí no nos movemos, si estamos quietos, nos moriremos aquí plantados, ¿no?

– Yo tengo la sospecha de que no será así. Sí el entorno que nos rodea no se modificara constantemente, estoy seguro de que sería como dices, que si nunca nos moviéramos de este punto, finalmente moriríamos en este punto, eso es lo que dice la lógica y la experiencia, pero como todo en este sitio cambia constantemente, al movernos lo único que hacemos es crearnos nosotros mismos un laberinto sin salida. En cambio creo que si nos quedamos quietos, y para que todo esto tenga algún sentido, en un momento determinado, y el problema es que no sé si ese momento llegará pronto o tardará mucho en llegar, cuestión de patrones y ciclos, delante de nosotros aparecerá el camino. Estoy casi seguro, o al menos es a lo que me quiero aferrar.

Lolo se rascó la cabeza como intentando comprenderlo y asintió mientras que arqueaba los hombros – Tú sabrás, eres mucho más inteligente que yo, espero que sea como dices –, concluyó.

Ambos muchachos se sentaron en el suelo. Lolo se apoyó contra una roca. Saúl le corrigió.

– No, no te apoyes en nada, permanezcamos quietos y juntos en este punto del camino y esperemos.

De mala gana, Lolo se acercó a él. Cada vez le parecía más extraño lo que Saúl pretendía conseguir con todo esto.

Pasados unos minutos la cueva se reconfiguró. Donde antes había una roca enorme, ahora asomaba un pequeño túnel por el que se veía que tras él había un camino. El camino que hasta hace unos segundos estaba a su izquierda. Donde antes había un grupo de piedras, ahora había una enorme roca con forma de yelmo.

– ¿Nos movemos ahora? –, preguntó Lolo.

– No, tranquilo, sigamos aquí.

Saúl miraba en todas las direcciones a cada cambio, grabando todos los objetos y sus posiciones en su mente. Quería conseguir la clave que le dijera cómo funcionaba ese mundo. Para él todo esto era un enorme puzzle móvil que tenía que encajar de alguna manera. Como esos juegos de plástico en el que tienes que ordenar una serie de números, o letras, que ocupan cada uno de ellos diferentes fichas y que tiene un hueco vacío para poder mover, pero en tres dimensiones.

Los cambios se fueron sucediendo. Lolo cada vez estaba más nervioso, pero Saúl parecía sonreírse a si mismo, satisfecho con los resultados. Cada vez se fijaba menos en los detalles de los objetos de su alrededor, y cada vez estaba más pendiente del camino que se había abierto frente a ellos, a través del pequeño túnel que cruzaba una roca. Era como si hubiera reducido y focalizado su campo de estudio a algo mucho más concreto.

– Si no me equivoco, en dos movimientos, jaque, y en tres, jaque mate – dijo de repente Saúl.

Lolo cada vez entendía menos, ¿estaba jugando al ajedrez?

– Si no fuera así, tendríamos un problema, o esto es mucho más grande de lo que yo me imagino, y entonces no sé cuánto tiempo más tendríamos que esperar –, Mientras decía esto, hubo un nuevo movimiento en el interior de la cueva y una sonrisa iluminó nuevamente el rostro de Saúl, reafirmando su seguridad en el mate.

– Cuando yo te diga, dentro de dos movimientos, nos levantaremos y cruzaremos ese túnel que hay frente a nosotros y seguiremos el camino hasta el final. No te pares, no preguntes, no te entretengas por nada. Si no lo conseguimos tendremos que estar otra vez quietos en donde nos quedemos, al menos por unas cuatro horas más, según calculo.

Lolo le miró ciertamente extrañado y confuso, pero Saúl sonaba tan seguro que no dudó en hacer caso a lo que le decía y ni siquiera preguntó ninguna de las preguntas que a miles le surgían en ese momento.

Los elementos de la cueva volvieron a cambiar su posición. Saúl volvió a sonreír y tensó su cuerpo. Se puso en pie y solicitó a Lolo que hiciera lo mismo. Aguardaron, impasibles, a que la cueva volviera a cambiar. Unos minutos después sobrevino un nuevo cambio.

– Ahora –, dijo Saúl, – ¡ahora! – mientras salía corriendo en dirección al túnel.

Lolo siguió sus pasos. Al agacharse para pasar a través de él, una luz amarilla que brillaba en la lejanía del camino les cegó por completo. Saúl se tapó los ojos con una mano y miró al fondo. Tras unos primeros instantes de sobresalto, continuó caminando, como si realmente esa luz no le hubiera llegado a sorprender por completo, sino que, al contrario, había servido para confirmar sus sospechas.

Caminaron todo lo deprisa que pudieron. Tuvieron que atravesar el túnel, recorrieron un camino de unos ciento cincuenta metros, bordearon un par de rocas pequeñas, atravesaron otro par de rocas de mayor tamaño a través de sendos agüeros de desigual tamaño perforados en su base, para finalmente llegar a una pequeña sala de forma circular completamente rodeada por rocas.


En el centro de la misma, una muchacha permanecía inmóvil, con la mirada perdida en el infinito que el techo de la cueva parecía dibujar. Una luz amarilla caía desde allí, envolviéndola por completo.

– ¡Carla!, ¡Carla!, ¿eres tu? –, gritó Lolo, – ¿Estás bien? ¡Carla!

La muchacha no respondió, ni tampoco se movió. Saúl sonrió satisfecho mientras la observaba. ¡Jaque Mate! en tres, dijo para si mismo.




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