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heracles_pontor
18 October 2006 @ 11:41 pm


Todo parecía tranquilo. Lolo y Saúl continuaron caminando en silencio por la gran galería con forma de túnel. La luz amarilla brillaba intensa y les iluminaba el camino, a la vez que les intranquilizaba sobremanera. Pese a eso, llevaban una de las linternas encendida. No habían encontrado ningún rastro de Carla, pero aún así continuaron caminando, tal vez porque no tenían muchas más opciones. El terreno era muy regular, casi como si hubiera sido construido por el hombre. No les suponía ningún esfuerzo recorrerlo. El suelo era absolutamente plano y, tanto éste, como las paredes, parecían estar perfectamente pulimentados. La luz amarilla se reflejaba en una especie de espejo infinito, si bien parecía proceder de las propias paredes pulimentadas, así como del suelo. De detrás de las paredes y de todas partes a la vez. Era una sensación extraña, pero terminaron por acostumbrarse. Llegado un momento, y tal vez por toda la tensión acumulada anteriormente, se relajaron y caminaron por el túnel como el que caminaría por un parque en una mañana de domingo.

El camino resultaba monótono y anodino. Todo era igual siempre, un inmenso túnel amarillo que se abría paso a lo largo de los kilómetros en una enorme curva. El desánimo comenzó a hacer mella en los muchachos. Llevaban caminando casi cuatro horas por ese túnel interminable. Habían hecho una breve parada para tomar agua y un poco de comida hacía ya dos horas. Decidieron que ése era un buen momento para hacer un nuevo alto en el camino. La verdad es que estaban racionando el agua y la comida bastante bien. Tenían hambre, sed, estaban muy cansados y muertos de sueño, pero sabían que su subsistencia dependía en gran medida de que su comportamiento fuera lo más parecido al que asumiría un espartano. Además la vida de su amiga podía depender de ello.

Cuando iban a detenerse unos instantes para descansar, Lolo distinguió un cambio a unos quinientos metros de distancia. Algo diferente ocurría allí delante. Saúl se cubrió los ojos con la mano, haciendo una especie de visera con ella, para poder ver mejor en la lejanía del túnel. Miró en la dirección que Lolo le indicaba. Efectivamente el túnel de paredes amarillas parecía terminar allí y detrás de eso, sólo se veía una espesa oscuridad. Realmente no se veía nada, una nada oscura y espesa, pero eso ya era un cambio.

– Sí, allí parece terminar esta galería –, dijo Saúl, mirando a Lolo, – ¿Seguimos hasta allí ahora, o descansamos? Creo que es conveniente que bebamos un poco de agua y demos un par de bocados. Sé que después de tantas horas caminando, ver un cambio a la vista y no seguir, es duro, y sé que estarás impaciente por llegar allí, pero la montaña, el mar y las cuevas, la naturaleza en general, me han enseñado que no marcar los tiempos e intentar desafiarles es siempre peligroso.

– De acuerdo –, le contestó Lolo, – descansemos unos minutos y luego sigamos adelante. Yo estoy destrozado y, una vez que lleguemos allí, no sabemos qué nos vamos a encontrar. Es mejor que sea lo que sea lo que nos aguarde, nos encuentre con todas las fuerzas que podamos acumular.

Se sentaron, bebieron algo de agua y pegaron un par de mordiscos a un bocadillo y a una pieza de fruta. Poco después se levantaron e iniciaron el camino que les llevaría a lo que parecía el final del túnel amarillo.

Estaban a unos escasos dos metros del final. La oscuridad asomaba por lo que parecía ser el final del túnel y se mezclaba con la luz amarilla tornándola más oscura. Saúl encendió también su linterna y ambos apuntaron con éstas hacia la oscuridad, a medida que se sumergían poco a poco en ella.

El túnel desembocaba en una enorme cueva de color rojizo. Era como si el cañón que habían cruzado en el exterior, para llegar hasta la cueva, se hubiera hundido y hubiera quedado enterrado allí. Rocas calizas y arcillosas, de extrañas y, en muchos casos, curiosas formas, se vislumbraban entre las sombras cuando eran alcanzadas por la luz de las linternas. La sala parecía inmensa y, aunque hubiera estado iluminada, no la hubieran podido abarcar con la mirada. Decenas de caminos, galerías, túneles y senderos la recorrían, discurriendo entre las extrañas formas que dibujaban las rocas.

– ¡Ahora sí que estamos jodidos! –, exclamó Saúl. – Esto es un laberinto, tenemos mil caminos posibles que tomar y, seguramente, por mucho que marquemos trazas para volver atrás, terminaremos perdiéndonos. Carla puede estar en cualquier sitio.

Apenas hubo terminado de decir esto, las galerías, las rocas, las columnas y los caminos cambiaron de repente de lugar, recolocándose ante sus ojos. Donde antes había una enorme roca, ahora había un sendero. Donde antes había un túnel ahora aparecía la enorme roca. Y eso era lo que habían sido capaces de intuir entre las sombras y a pocos metros de ellos. Saúl sintió vértigo. Lolo se mareó y sintió como el suelo desaparecía bajo sus pies.

Ambos muchachos se miraron con los ojos abiertos como fuentes soperas y absolutamente petrificados. Suplicaban con la mirada que el otro corroborara lo que acababan de ver cada uno de ellos. Saúl se frotó los ojos con los nudillos de sus manos y volvió a mirar hacia la oscuridad, con la linterna, suspendida de su mano, iluminando sin dirección alguna y en todas las direcciones. Sentía un nudo en el estómago que le subía hasta la garganta. La espalda se le había quedado helada y, a la vez, sentía como se le empapaba por efecto de un sudor muy frío. En esos momentos no era capaz de articular palabra. Apoyó su espalda contra la pared del túnel y se dejó caer sobre el suelo. Todo lo que hasta ahora habían tenido por cierto, había dejado de serlo. Resultaba evidente que hasta ahora había visto cosas que jamás pensó que vería, pero esto ya superaba todo lo imaginable.

– ¿Has visto eso? – Lolo fue el primero en atreverse a articular alguna palabra.

– ¿El qué? No sé lo que he visto, la verdad… Cada vez entiendo menos cosas, cada vez me parece que me estoy enajenando un poco más… –, le respondió absolutamente apesadumbrado y desconcertado.

– Y, ¿ahora qué?

– No lo sé, necesito tiempo, necesito pensar, aferrarme a algo…

Ambos permanecieron sentados varios minutos. El agotamiento había hecho mella en ellos, y si hacía unos instantes aguantaban gracias a la motivación que para ellos suponía encontrar a Carla, los últimos acontecimientos cayeron sobre ellos como una losa demasiado pesada. Finalmente Lolo tomó la palabra.

– Tenemos que seguir… Hemos llegado hasta aquí y no podemos abandonar a Carla a su suerte, aquí dentro. No sé lo que piensas hacer, pero yo pienso seguir adelante. Y si me pierdo en ese laberinto y perezco en el intento, me da igual, pero no pienso dejarla aquí, no al menos sin intentar todo lo que pueda hacer hasta que la encuentre o muera… Y no tengo ningún problema en continuar yo solo.

– Sí, lo sé –, le dijo de forma cortante Saúl – Yo también voy a ir contigo a buscarla. Estate tranquilo. Sólo necesitaba unos minutos para asimilarlo todo y, sobre todo, poder pensar. Pero creo que incluso cuando todo escapa a la lógica, lo mejor sigue siendo utilizar la lógica. Al menos es lo que siempre he pensado, e incluso aquí, pienso seguir rigiéndome por esos fundamentos. Lo que me dice la lógica es que deberíamos quedarnos aquí y observar si los cambios en la fisonomía de esa cueva siguen algún patrón. Si los cambios siguen algún orden lógico, si la cueva gira o se mueve, cada cuanto tiempo… y con esos datos actuar. Eso me dice la lógica. Pero por otro lado la lógica también me dice que podríamos tardar años en obtener un patrón de comportamiento y seguramente no lo encontraríamos, porque no creo que exista. Pero aún encontrándolo, no nos aseguraría nada. Y también sé que ni Carla, ni nosotros, disponemos de años. Ni siquiera disponemos de días. Ese laberinto está oscuro, es enorme, tenemos más posibilidades de perdernos que de no hacerlo y, además, se mueve y cambia como por arte de magia. Entonces la lógica me dice que si pensamos seguir adelante, y parece ser que ambos sabemos que va a ser así, lo mejor que podemos hacer es entrar, caminar, dejarnos llevar e intentar encontrarla. No sé cuántas posibilidades tenemos de dar con ella. Sinceramente creo que muy pocas, pero menos posibilidades tendremos si seguimos aquí sentados o regresamos por donde hemos venido. Eso me dice la lógica en estos momentos, que actuemos sin ninguna lógica, sin ningún plan. Jamás pensé que iba a decir lo que acabo de decir, ni aunque viviera miles de años, pero…, no me ha hecho falta vivir tanto, ya lo he dicho. Vayamos a por ella, ahora, sin echar la vista atrás, sin plantearnos lo que vamos a encontrarnos allí dentro.

Lolo permaneció pensativo escuchando a Saúl. No tenía demasiado claro si entendía lo que su amigo había querido expresar realmente, pero sí tenía claro cual era el mensaje: seguir adelante, y eso…, eso le gustaba.

Se levantaron y comenzaron a andar por la cueva. Tomaban un camino, lo abandonaban. Se introducían por un túnel. Rodeaban una gran roca. Volvía a rodearla poco después en sentido contrario. Caminaban sin ninguna lógica, sin seguir ningún plan. Llevaban más de media hora vagando por la cueva y no tenían ni idea de dónde se encontraban. De hecho ya no hubieran sabido volver a la galería amarilla, si hubieran querido hacerlo.

Saúl empezaba a sospechar que jamás encontrarían a Carla, y que ellos mismos estaban perdidos en esa huida hacia delante que habían emprendido. De hecho, cuando se puso en pie en la galería amarilla, para entrar en la cueva, ya lo sabía más que de sobra. Al pasar junto a una roca con forma de cabeza de águila, al menos con forma de pico de águila, que estaba seguro que habían pasado hacía unos minutos pero en sentido contrario, supuso que todo dentro de esa cueva continuaba cambiando de posición con ellos dentro. Constantemente parecían desandar lo ya andado. Se detuvo y se apoyó contra una roca. La mirada perdida en la nada. Las manos entrecruzadas sobre su cabeza.

– Esto no tiene sentido –, dijo finalmente, – no vamos a llegar a ningún sitio.




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